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LOS FOROS DE INTERNET, PROBLEMAS A DEBATE.

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¡Ay si nuestros abuelos levantaran la cabeza…!

¿Quién de ellos iba a pensar, que hoy, abril de 2010, andaríamos peleándonos con otros compañeros de muchos kilómetros de separación, porque yo opino blanco y él negro sobre el mismo tema, dígase caza de la perdiz con reclamo macho?

Esto antes se hacía en la taberna, tomándose un buen vaso de vino de la tierra, mirándose a los ojos y, además, entre amigos o como mínimo conocidos. Hoy, al contrario, ni conocemos a la mayoría de los comunicantes, ni nos vemos la cara al escribir. Así, de esta forma, algunas veces, por no decir muchas, el hablar sobre un tema y plantear nuestros puntos de vista, aunque éstos sean inapropiados e incluso molestos y degradantes e insultantes para otros foreros o usuarios, resulta más fácil. Creemos que nadie nos va a tirar de las orejas. Luego pasa lo que pasa: la bola se va haciendo cada vez más grande con replicas y contrarréplicas y al final: ¡Boooom!. Estallido y todo se va al garete: insultos, peleas, degradaciones, amenazas, abandonos del foro...

Haciendo un poco de historia, la palabra foro procede del latín Fórum. En el foro de la ciudad de Roma, la zona central de la misma, era donde tenían lugar el comercio, los negocios de todo tipo -incluso la prostitución-, los juicios... Por tanto, era algo público.

Dos milenios después, los foros de internet o aplicaciones web que le dan soporte a discusiones en línea, nacen de la necesidad que tienen los internautas de debatir o compartir información relevante sobre un tema. Una discusión libre e informal que termina formando una comunidad en torno a un interés común. Esto, en principio es una maravilla. Utilizamos lo que nos ofrecen las nuevas tecnologías para el bien común y, de camino, para el individual de cada uno. Nos pasamos información relevante y “charlamos” sobre ella.

¿Qué pasa entonces, si a primera vista la idea es formidable? Pues muy fácil: no todos los usuarios, registrados o sin registrar, que participan en un determinado foro tiene los mismos valores ni persiguen el mismos fines. Los hay de todo tipo, más de un lado -los enteraillos o revientaforos- que de otro.

Así, en cualquiera de ellos, nos encontraremos a los siguientes grupos con mayor o menor aproximación a estas tipologías.

1.- Los que desean aprovecharse o sacar beneficio del mismo (leechers).

2.- Los que publican mensajes no solicitados, ni relacionados con el tema del foro. Generalmente para dar publicidad a un determinado “artículo” o en contra de las reglas del foro (span).

3.- Los que entran en un determinado foro para molestar y con ello divertirse (troles).

4.- Los que usan lenguaje SMS y sin el respeto debido a la ortografía (chaters).

5.- Los que al ser recién llegados, comenten errores por falta de información (newbis).

6.- Los que suelen actuar con agresividad, insultos y hostigando sistemáticamente. Sus actuaciones no se ajustan a las reglas democráticas y, antes o después, terminan impidiendo la posibilidad de debatir o discutir sobre un determinado tema (bullyers).

Aparte de algunos más “detrozaforos”, afortunadamente, nuestros espacios de debates están bien repletos de usuarios que han llegado hasta allí con ganas de aprender, informar, informarse, compartir, aportar... y enseñar, que también hay que decirlo. Todo, por supuesto, desde los comportamientos democráticos, de respeto y educación.

¿Qué suele ocurrir entonces para que bastantes foros dejen de serlo y se transformen en verdaderos “campos de batalla”, en donde todo vale y todo sirve?

Bajo mi humilde punto de vista, que es además de un internauta principiante y por necesidades del guión, el fallo, si es que se le puede llamar con este nombre, está en la forma de ser de los humanos. Por desgracia somos egoístas, engreídos, autosuficientes, soberbios, poco democráticos... Pero además, creo, que otro de los grandes problemas es que hablamos “ex cátedra”, somos o queremos ser infalibles, pero estamos equivocados. Quien piense que lo sabe todo, menudo batacazo le espera. Si malo es participar no dejando “títeres con cabeza” y ninguneando a opiniones y personas, también lo es el creer que lo mío es lo mejor y está libre de crítica.

El usuario de un foro, sea del tema que sea, en nuestro caso el de la perdiz con reclamo, cuando expone un determinado tema, punto de vista..., o cuelga artículos o imágenes en la web, está supeditado a críticas, opiniones diferentes -para eso funcionan - y valoraciones que no tienen que coincidir con las que él tenga. Si coinciden, bien; pero si no coinciden, también bien. Esa debe ser la filosofía de los debates. Si todos/as tuviéramos la misma opinión sobre un determinado tema, ¿no serían aburrido los diálogos? ¿No está la sabiduría en la pluralidad de pensamientos?

Sin embargo, no ocurre esto. En cuanto nos discuten una opinión, parece que van contra nosotros/as y no nos acordamos que estamos allí para que los/las demás nos ofrezcan otros puntos de vista con los que enriquecer los conocimientos o ideas que tenemos sobre un determinado tema. Empezamos “ipso facto” con los dimes y diretes; y, aunque no se nos vea, no ponemos buena cara. Es de humano ganar hasta en el parchís, pero también es de humano, quizás todavía más, pero nos cuesta aceptarlo, el reconocer que otro/a no opina igual que yo y, que incluso, tiene las ideas más claras. Todo esto hablando desde comportamientos democráticos, de corrección y educación; si son los otros, apaga y vámonos.

¡Ay si nuestros abuelos levantaran la cabeza!

abril 2010

P.D. Los tecnicismos están sacados de la enciclopedia Wikipedia.

Actualizado ( Viernes, 14 de Mayo de 2010 14:46 )
 

AL ALBA: UN PUESTO PARA EL RECUERDO.

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Amanecía lentamente en la sierra. Aquella fría mañana dejaba su tarjeta de visita en forma de manto blanco que cubría todo aquel exuberante paisaje invernal. A lo lejos, las perdicillas que iban entrando en su cenit sexual, canturreaban en busca de algún galán con quien compartir las largas y, muchas veces, desapacibles noches invernales. Mientras tanto, los machos que ya habían escogido compañera con quien iniciar el nuevo ciclo reproductivo, llenaban el aire con sus continuos reclamos y arrogantes, a la vez que intimidatorios cuchicheos. Un poco más alto, como levitando por encima de nosotros, las madrugadoras “cotolías” –cogujadas- también ponían su granito de arena en tan maravillosa sinfonía que nos ofrecía aquella nueva alborada regalo de nuestra madre naturaleza. Al fondo, en alguna de las muchas atalayas de aquel centenario encinar, nuestro bello búho real, igualmente se sumaba a la orquesta como queriendo poner punto y final a su “jornada de trabajo”.

A medida que nos acercábamos al cazadero, el continuo “pichó, pichó, pichopichopichó…” de las patirrojas en busca de los primeros sustentos matutinos, hacía que el corazón, cada vez más alterado por la caminata y por tan emocionantes sensaciones, terminara por insuflar sangre más que caliente, para que aquel fresquillo mañanero se transformara, por momentos, en un significativo, a la vez que nervioso calorcillo.

El abuelo Vicente, ya le había “dicho” a Facultades varias veces que todavía no había llegado su momento. Pero éste, que igualmente era partícipe de la algarabía que nos ofrecía la mañana antes de que el astro rey hiciera acto de presencia, también quería sumarse al alboroto y no cejaba en el empeño de iniciar su particular partitura. Como era pájaro de “espolones retorcidos”, sabía perfectamente, porque lo había barruntado, que allí, al otro lado de la oscuridad que a él, de igual forma, le proporcionaba la sayuela, había “movimiento” suficiente como para que fuera una gran jornada.

Después del largo recorrido, siempre cuesta arriba y con alguna parada para recobrar el resuello, el abuelo, tras apoyar la escopeta sobre el troncón de una encina, se bajó el pájaro de la espalda y lo colocó con cuidado en el suelo. Era la señal de que habíamos llegado al lugar elegido: una antigua era situada en un morrete y rodeada de chaparreras, jaras, jaguarzos y alguna que otra retama. Un precioso enclave con bastante oída y de mucha querencia para las campesinas.

Mientras él arreglaba el matojo y remendaba un poco el aguardo -yo un poco asustado por la oscuridad iba tras él a todos lados-, Facultades no paraba de cuchichear, por lo que hubo más de un golpecito encima de la jaula y algún que otro “ssssssss..” para que cerrara el pico. Pero éste, que ya sabía por “donde iba el agua al molino”, por más que insistía el abuelo, seguía “calentando motores” para el comienzo de su recital. Así, que no hubo más remedio que meternos en el puesto casi a la carrera. A la vez, un mirlo que habría pasado la noche por los alrededores y que vio alterada su tranquilidad con nuestra presencia, también quiso participar en el concierto y nos acompañó durante unos momentos revoloteando por las cercanías con su llamativo y clásico chillido de alarma.

El abuelo, como siempre hacía, me dio la mantilla -sayuela- del pájaro, tras habérsela quitado con anterioridad al reclamo y un buen manojo de jaguarzos para que estuviera más cómodo sobre la piedra que me serviría de asiento. Él, tras “dialogar” durante unos segundos con Facultades, se apoyó en mi hombro para levantar la pierna por encima del aguardo, como era habitual y, una vez dentro, cargó su vieja Jabalí, con un “Galgo” de cartón.

- ¡Niño, vamos a ver qué pasa, la mañana tiene muy buena pinta! - me susurró el abuelo.

Facultades, mientras tanto, con evidentes signos de satisfacción por las buenas perspectiva de la mañana y bajado de tono en grado máximo, como intuyendo un gran lance, no tuvo que esperar mucho, porque instantes después, una hembrilla, con parte del plumaje humedecido por el rocío, tras varias reclamaíllas por los alrededores, se presentó en la plaza sin el más mínimo atisbo de desconfianza.

Yo, que le había dado al abuelo con la rodilla, anunciándole la entrada, esperaba con el nerviosismo propio de la edad que el abuelo apretara el gatillo. Cosa que ocurrió poco después. Pero, el “pichó, pichó, pichó...” de la hembra, sólo vino a certificar que el abuelo era tan mal tirador, como buen aficionado.

- ¡Joder, niño! ¡Mal empezamos! -dijo el abuelo, moviendo la cabeza en señal de resignación.

Se metió la mano en la pelliza, sacó otro “Galgo” y abrió la escopeta. Pero, como solía pasar tantas veces por aquellos entonces, la vaina del cartucho recién disparado, no quería salir.

Tuvo que tirar de la escopeta hacia dentro del puesto -él solía dejarla guardando el equilibrio sobre la tronera-, y con un trozo de hierro que siempre llevaba para estos menesteres, hizo varias intentonas, lanzándolo cañón abajo, hasta que por fin, en una de ellas, consiguió que saliera.

Mientras estaba liado con esta maniobra, no apreció, y otra vez tuve que decírselo, que una pareja, de callado, había entrado en la plaza y Facultades, como si nada hubiera pasado, los recibía con todos los honores.

- ¡Coño, niño, cállate, que ya me he “dao” cuenta! -me respondió por lo “bajini” con cierto aire de cabreo y nerviosismo.

Volvió a cargar la escopeta, la introdujo nuevamente por la tronera, apuntó por espacio de tiempo interminable y..., cuando creyó que la “cosa” estaba para carambola…, “Boooooon”.

Aquel nuevo “pichó, pichó, pichó...”, junto al estruendo del apresurado vuelo de desbandada de las montesinas, desencadenó una gran “tormenta”.

- ¡Me cago en los demonios! ¡Será posible esto! ¡Como siga así, me voy a cargar a Facultades! ¡Estos cartuchos recargados…! –balbuceaba el abuelo.

Luego, dirigiéndose a mí, como solicitando mi compresión e indulgencia, me dijo, mientras cargaba de nuevo la escopeta y le pegaba con saliva otro pequeño trozo de papel de fumar al punto de mira para verlo mejor:

- Niño…, estas cosas pasan. Además, como hay poca luz y yo de vista no ando bien, pues se me han vuelto a ir. De todas formas, prosiguió el abuelo, de esto no se entera ni Dios, ¿de acuerdo…?

- Sí abuelo, sí, -tuve que responderle. No me quedaba más remedio si quería seguir yendo con él a los puestos.

Facultades, como queriendo ser comprensivo y tolerante, aceptó el nuevo error de su dueño y volvió a dirigirse a quien lo escuchaba, con toda una fantástica gama de cantes.

Por la firmeza y seguridad de los mismos, se podía adivinar que él tenía la seguridad de que, más tarde o más temprano, alguna de las patirrojas que no “perdían puntá” de aquel magistral espectáculo, terminaría por venir a escucharlo desde cerca. Y así fue. Mientras un anaranjado rojizo comenzaba a embellecer por el oriente el inminente amanecer, un macho, con aparentes signos de “marcha”, acometió -ala a rastra incluida y cuchicheo desafiante- contra la jaula, la cual, en señal de aceptar el reto, inflado como un globo y con un inaudible cuchicheo, le daba la bienvenida.

Miré al abuelo y él con cierta inseguridad en sus gestos, también me miró. Luego, volvió la cara para el tanganillo, apuntó y apunto y…, tras otro “rugido” de la escopeta, el campero, esta vez y después de varios botes y aletazos en las cercanías de la jaula, sí terminó por “estirar la pata”.

Sin embargo, a Facultades no le hizo gracias la historia y un saseo continuado no era más que su forma de demostrarlo. Pero, segundos después, tras sacudirse varias veces el plumaje, volvió a la carga y con una nueva, a la vez que melodiosa sinfonía, dio comienzo al último “acto”. El abuelo, refunfuñando y moviendo repetidamente la cabeza, volvió a cargar la escopeta. Yo, mientras tanto, aunque no me faltaban ganas de decirle alguna barbaridad, por la mañanita que llevaba con los repetidos fallos, jugueteaba con las vainas de los cartuchos a la vez que le hacía señas de que tenía las piernas entumidas.

El tiempo iba pasando lentamente y mis piernas, y por qué no decirlo, el culo empezaba a no sentirlos. Así, erre que erre, le volví a hacer gestos al abuelo para que se “apiadara” de mí y diera por terminado el puesto. Pero nada, él, siempre hacía lo mismo. Dedo índice en la boca y “ssssssss…”.

Cuando ya parecía que aquello iba concluyendo, porque el campo había enmudecido por completo y el sol se había apoderado hasta del último rincón, Facultades se vino nuevamente abajo y una nueva hembrilla, “chachareando” sin cesar, empezó a dar señales de vida. La jaula, tras silencio sepulcral, mientras la pajarilla se desgañitaba, esperando respuesta, pasó a picotear la esterilla y doña patirroja, haciéndose la remolona mientras comía alguna hierbecilla, fue acercándose al reclamo, que sin ningún aspaviento la “saludaba” con un casi imperceptible cuchicheo.

El abuelo, volvió a apuntar concienzudamente y apretó de nuevo el gatillo. Pero esta vez, para colmo de las desgracias, sólo se escuchó el clic del punzón sobre el también recargado misto, pero ahí acabó la cosa. Abrió con exquisito cuidado la escopeta, volvió a montarla y, tras apuntar nuevamente, volvió a tirar del gatillo… y, otra vez clic.

Con un nerviosismo que ya no podía ocultar, se metió una vez más la mano en el bolsillo de la pelliza, sacó otro cartucho y, mientras volvía a cargar la escopeta, algo tuvo que extrañar la perdiz que, con rápida carrera y entonando el “ra,ra,ra,…” de despedida, desapareció en un abrir y cerrar de ojos.

El abuelo, cariacontecido, con un enfado de mil demonios y “echando sapos por la boca”, se levantó del puesto. Como pudo, salió de él, con mi ayuda, por supuesto. Se acercó hasta Facultades, le habló en tono decaído, como pidiéndole perdón y lo enfundó tras enseñarle aquel enorme macho abatido.

Yo, mientras tanto, además de observar todo lo que ocurría, movía las piernas incesantemente hasta que adquirieron toda su movilidad. Luego, me salí del aguardo y, sin mediar palabra alguna, miré al abuelo con cara de quererle decir que no se preocupara.

Cuando iniciamos el camino de vuelta y a pocos metros más para abajo, una perdiz, la primera que tiró -no había duda-, estaba, aunque todavía viva, consumiendo los últimos momentos de su vida.

Esto pareció alegrar un poco al abuelo, pero en la ahora larga caminata cuesta abajo, después de un silencio prolongado, me echó la mano por el hombro y me dijo:

- Niño, ya no está uno para estos madrugones. Éste que acabamos de dar, será nuestro último puesto de alba. A partir de ahora, ya no tendrás miedo a la oscuridad, ni pasarás más frío, ni me verás errar tantos pájaros…

Luego, tras respirar profundamente, y mirar varias veces al infinito, se volvió a dirigir a mí, mientras continuábamos andando y me volvió a repetir:

- De todas formas, lo que ha ocurrido hoy, se queda dentro del puesto. Es sólo para ti y para mí.

Y así ocurrió. Fue pasando el tiempo y aunque siguió colgado el pájaro, siempre con mi inestimable ayuda, dada su avanzada edad, nunca más dio el puesto de alba, aunque sí llegó a escuchar dicha canción en boca de Luis Eduardo Aute. Por el contrario, se le volvieron a ir más de una patirroja. Ése era su sino jaulero, pero nunca se enteró nadie de lo que ocurrió en su último puesto de alba, aparte, dicho sea de paso, de matar una pareja de montesinas.

Actualizado ( Miércoles, 14 de Abril de 2010 14:44 )
 

LA DISTANCIA DEL TANTO Y LOS CALIBRES DE LA ESCOPETA

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Una cosa tengo clara sobre este tema: nunca nos pondremos de acuerdo. ¿El por qué…? Está claro, o yo por lo menos lo tengo así. Cada jaulero es un mundo aparte. Es único y especial, por lo tanto, muy suyo y un poco maniático. Lo que yo creo, posiblemente, o casi seguro, para otro, no es así.

Una vez hecha esta pequeña introducción, voy a tratar de exponer mi idea sobre el tema de los tantos, de las distancias y las armas a emplear, avalada por “algunos muchos años” viéndolos hacer y haciéndolos.

Para mí, la distancia entre el tanto, matojo, farolillo, maceta, pulpitillo, tanganillo, arbolillo, arbolete, repostero, peana… y el aguardo o puesto, salvando los casos extremos por necesidades del terreno, –excesivamente distantes o cercanos-, no es una cosa vital, o por lo menos, no es lo más importante. Lo es mucho más, el tipo de escopeta y la persona que va a disparar.

Cuando hablo de este apartado, siempre recuerdo a mi tío Jerónimo, uno de mis maestros en esto de la “jaula”. Él, siempre tiró con una “Indian” calibre veinticuatro –no le gustaba la del doce para el puesto-, y cartuchos recargados. El resultado siempre era el mismo, la patirroja de turno no movía una pluma; y cuando la movía, no era debido a la escopeta, sino a fallo humano: precipitación, nerviosismo, tiro trasero al salir de estampidas las campesinas o avaricia en las carambolas. Pero cuando estas circunstancias no se daban, por muy largo que estuviera el matojo –como él le llamaba-, la que estaba en plaza no decía ni “pescao frito”. La razón no era otra que el disponer de una escopeta que aunque era de pequeño calibre, plomeaba muy bien y él era un hombre ducho en esas lides y con una tranquilidad pasmosa a la hora de apretar el gatillo.

En esas dos circunstancias –escopeta adecuada y tranquilidad-, más un cartucho normalito, creo que está el meollo de la cuestión; y me explico:

Últimamente, se anda dándole más vueltas de la cuenta a este tema y, la mayoría de la veces, lo que ocurre es que hablamos sin conocimiento de causa; o bien, porque Fulanito dice o Menganito hace.

Aparte de los caprichitos, que existen -los jauleros somos así-, si somos medianamente entendidos y consecuentes, el farolillo lo haremos con lógica en cuanto a la distancia de separación con el aguardo. A nadie se le ocurre levantar uno a veintitantos pasos si su escopeta, por citar una, es del calibre 410, o lo contrario, ponerlo a doce pasos si tira con una monocañón del calibre veinte con una o dos estrellas. La razón, es lógica en ambos casos: en el primer supuesto, lo más seguro es que la patirroja se vaya plomeada o si hay suerte, y se le da en un sitio más o menos vital, se quede, pero la mayoría de las veces lo hará dando botes, aleteando, pataleando... con el peligro para el reclamo que ello conlleva. En la segunda situación, lo más seguro, si el tiro es certero, es que la pieza abatida, que por supuesto, no “dirá ni pío”, sirva para colador, pero no para el puchero.

Muchas veces, o más bien la mayoría, el tipo de escopeta y sus correspondientes estrellas, el tipo de cartucho, su plomo y gramaje y las distancias, son cuestiones tan elementales que no necesitarían mucha papel para acertarlas. Lo que pasa, bajo mi cortas entendederas, es que los jauleros somos gente indecisas e inseguras. Necesitamos que alguien nos diga si lo estoy haciendo bien o lo estoy haciendo mal. Pero, en cuanto la opinión que solicitamos, no coincide con la mía, ya está el lío. No somos, ni estamos seguros de nuestras ideas, necesitamos que alguien nos la corrobore. Afortunadamente, no todos los jauleros son así, los hay con gran seguridad en sus ideas y actuaciones, pero humildemente creo que una buena mayoría, necesita que alguien le “caliente la oreja”.

Yo, en este punto, siempre lo he tenido muy claro. Sea por capricho, por gusto o por convencimiento, nunca he utilizado calibres grandes, sino todo lo contrario. He ido bajando en lo referente a ello. Empecé con el veinte, pasé al veintiocho -es con la que normalmente siempre he tirado- y ahora quiero probar con el 410, aunque también he tirado puntualmente con él.

Razones que me han movido a ello:

- Los farolillos están más cerca y se disfruta más de los lances.

- Se escucha bastante mejor todo el “concierto” del reclamo y del “campo”.

- Las escopetas son menos pesadas y más manejables.

- Los tiros suenan y espantan menos.

- Se destroza menos la caza.

- Soy caprichoso en mis cosas del mundo de la jaula.

Y si tengo que ser sincero, que lo voy a ser, pocos pájaros se me han ido, algunos como a “to” cristiano, pero pocos. Quizás porque nunca me he alobado a la hora del disparo o quizás porque he sido sensato a la hora de colocar el tanganillo a su distancia con respecto a la escopeta que me acompañaba.

Por tanto, y a modo de resumen, lo importante creo que no es tal o cual escopeta o este o aquel calibre –que también tiene que ver-, lo importante es saber qué se tiene en las manos y obrar en consecuencia. Que la escopeta “entaca” mucho, farolillo lejos, que por el contrario abre más de la cuenta o es de un calibre pequeño, arbolillo más cerca.

Para evitar situaciones no deseadas y que luego podamos arrepentirnos, no se debe nunca, a no ser por una excepcionalidad, ir al puesto con una arma que no se conoce, ya que si la cosa pinta bastos y se nos van las campesinas de la plaza o se quedan aleteando o saltando, malo.

Y si entramos en grosor del plomo y su gramaje, casi ocurriría lo mismo. Hay quien cree que está a la caza de la paloma al vuelo: plomo del seis y treinta y cuatro e incluso treinta y seis gramos; y esto, no deja de ser una locura. Si se tira con una escopeta del “doce” con una y tres estrellas en los caños y una distancia del repostero de 18/24 pasos, que es lo que debe ser normal, con un cartucho de 32 gramos, incluso menos y plomo del siete u ocho, quizás este último, mejor, sobra. Por el contrario, si el calibre es más pequeño, debemos afinar más, ya que algunas de ellas –dígase las del veinte-, son un cañón. Cuando nos encontramos con estos casos, habrá que alejar el pulpitillo, e incluso, aunque parezca una aberración, cortarle un poco los caños -no seríamos ni los primeros, ni los últimos-.

Con calibres todavía menores, la cosa se complica un poco más, aunque afortunadamente en el mercado hay variedad de cartuchos para todos los casos y gustos. En el mío particular, con escopeta del veintiocho, con una y tres estrellas, después de muchas pruebas –ahí está el éxito-, llegué a la conclusión que lo mejor era plomo ocho y veintiún gramo. Con ese cartucho, sin citar marca, y a una separación normal de 16/20 pasos, pocas montaraces han entonado el “pichopichopicho…”, incluyendo más de una carambola. Por último y para terminar, con la modernura del 410, todo va a depender de la distancia, si la maceta está un poquitín larga –que no debería-, quizás el plomo seis, sea el ideal, aunque tenga menos cantidad. Si la separación es normal para este calibre -12/15 pasos-, el plomo ocho, para mí, es el idóneo, siempre hablando de la variedad mágnum.

Actualizado ( Lunes, 05 de Abril de 2010 18:53 )
 
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